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‘Cinco años y medio’, el homenaje de un malagueño a las víctimas del síndrome del norte que lucharon contra ETA

«No es una historia de grandes héroes. No es una historia de grandes gestas policiales. Es la vida del día a día». Con esta advertencia arranca el prólogo de ‘Cinco años y medio’ (Editorial Círculo Rojo), la novela de Francisco Puertas Carmona que cuenta con pelos y señales la dura experiencia de los agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que vivieron en el País Vasco durante los años del plomo de ETA. Francisco Puertas Carmona, policía nacional jubilado residente en la provincia de Málaga, en Fuengirola para ser más exactos, se ha puesto manos a la obra para este libro en el que capta la esencia de aquellos años.

Él fue uno de aquellos andaluces que tuvo que buscar en el amparo de la Policía Nacional una manera de buscarse la vida. Aunque nacido en Melilla, a los dos años vino a Málaga a vivir, donde después viviría gran parte de su vida tras su experiencia intensa de 1977 a 1982 en Vitoria, la capital del País Vasco en la que tuvo su primer destino como agente. «Lo que ve la gente en las películas y series es una utopía», relata sobre la necesidad de contar la historia de lo que allí ocurrió sin grandes alharacas, aunque sí con toda la dureza de quienes palparon y sufrieron el terrorismo y sus tentáculos sociales.

Una novela basada en hechos reales que empezó en la pandemia

Durante la pandemia, su hijo (ahora policía nacional en Marbella) lo convenció para que pusiera todo aquello por escrito. En Vitoria, donde nació una hija suya, vivió cinco años que ha intentado plasmar de la forma más fidedigna. «Lo peor fueron los compañeros que cayeron, los que perdieron la vida», resume sobre el compendio de experiencias duras que soportaron él y su familia. Hubo un tiempo en que cuando te decían txakurra (perro) el miedo te recorría el espinazo dorsal y Francisco fue uno de aquellos que se volvieron con la pesada mochila del síndrome del norte.

«Se calcula que hay 14.000 víctimas del síndrome del norte, agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad a los que nunca se ha agradecido nada», recalca este policía reconvertido a escritor (ahora prepara otro libro sobre las casi cuatro décadas de servicio en la Costa del Sol). Su mujer, por ejemplo, durante mucho tiempo no era capaz de mirar el buzón. Y tras volverse en el 1982, el año de Naranjito y el Mundial de España, a Francisco durante mucho tiempo le costaba subir la escalera. Una ansiedad que requirió de ayuda profesional para volver a poner toda su energía en su trabajo policial.

«Muchos se refugiaron en el alcohol, otros cogieron depresiones, otros lo pagaron con el matrimonio, hubo suicidios…», señala con dureza sobre cómo no todo el mundo salió ileso del síndrome del norte, que es el nombre que se escogió para definir el cuadro de estrés y sufrimiento agónico que vivieron los policías y guardia civiles destinados en el País Vasco cuando se sucedían los atentados y los asesinatos. Eso sí, él nunca se arrepintió, «cuando rompes un par de zapatos te das cuenta que es algo que llevas dentro», indica.

14.000 víctimas y sus respectivas familias han padecido el síndrome del norte

Fueron años difíciles y emocionantes para España. En 1976, sin ir más lejos, tuvo lugar la matanza de Vitoria. Episodios que tuvieron como efecto rebote la Transición. Y que muchos, como Francisco, vivieron desde el anonimato pero en la primera línea de batalla contra la banda armada ETA, que desgajó durante décadas la convivencia y estigmatizó el País Vasco en su conjunto. Este policía jubilado prefiere que sea la justicia y no el odio la que guíe sus pasos porque piensa que el odio corroe y acaba siendo la peor enfermedad.

Todo, pese a que no le agrada que ahora Bildu o la izquierda abertzale lleve los designios del país o que la memoria de los jóvenes y los no tan jóvenes sea cada vez más frágil. En una entrevista con 101 Televisión ha contado sus vivencias en este «homenaje» a los 14.000 que como el cogieron el petate rumbo al norte de la Península Ibérica donde no les pagaron con una buena moneda.

En su caso, ahora este aficionado a la lectura y la filosofía, amante de escritores como Saramago, Pérez-Reverte o García Márquez, ha encontrado en la escritura la manera de contar la historia de los de abajo, los que no recibieron medallas cuando ETA puso fin en 2011. «Vivimos un ambiente terrible», esgrime Francisco, jubilado desde 2018 en la apacible Fuengirola y que no se ha conformado con ver la vida pasar, sino que ha querido aportar su particular granito de arena a la historia de este país.

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