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El Rey Felipe y los parlamentarios de la mesa ovalada granadina

La cita era a las 12:30, pero el bullicio en el Palacio de Congresos comenzó a primera hora de la mañana. A los alrededores, una cotidianidad apenas interrumpida cuando llegaron los coches oficiales, aunque la nube de policías por todo el perímetro despertaba las sospechas de quienes todavía no se habían enterado. «¿Qué hay aquí hoy?», pregunta un joven junto a las populares escaleras del recinto. «¡Ah, claro! ¡Por eso había furgones enfrente esta mañana!», exclama al comprender lo que estaba sucediendo. En el interior, un ir y venir de empleados involucrados en la organización. En el mostrador de la prensa, la máquina impresora de las acreditaciones echaba humo. Los plumillas y gráficos ordenaron los corrillos en una fila de trípodes en cuanto supieron que la cosa empezaba. Pasaban 28 minutos del mediodía y el Rey Felipe, puntual hasta adelantarse, ya estrechaba la mano a los parlamentarios de la mesa ovalada instalada en la Sala Federico García Lorca para el Foro sobre el Futuro del Mediterráneo.
El saludo fue rápido y organizado. Para eso había dedicado el equipo de protocolo y organización varios minutos explicando a cada uno de los parlamentarios dónde tenían que situarse. En el suelo, sus marcas, aunque hubo quien, impaciente, amagó con cruzar la línea de puntos. Allí estaba el VAR para advertirle de su posición antirreglamentaria justo antes de que el monarca apareciera por el Palacio. Felipe IV empezó a apretar manos, más de 40, en lo que alguno de los representantes de los Estados miembro de la Asamblea de la Unión por el Mediterráneo, los que se encontraban al final de la fila, se asomaba para comprobar cuándo le llegaba su turno. Uno de los primeros fue el austriaco Hubert Fuchs, que, rápidamente, sacó el móvil del bolsillo y se hizo un selfie con el Rey, que esbozó una sonrisa entre la sorpresa de los asistentes. Vio la oportunidad y la aprovechó.

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Tras el monarca, una comitiva española encabezada por la presidenta del Congreso de los Diputados, Francina Armengol. Le seguían el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno; el presidente del Senado, Pedro Rollán; la ministra de Educación, Pilar Alegría, y la alcaldesa de Granada, Marifrán Carazo. Todos se unieron en una suerte de photocall gigante que puso fondo a la foto familiar.

Discursos y la primera conferencia

Una vez finalizado el protocolo de bienvenida, pasaron al mismo escenario sobre el que hace apenas dos meses se entregaban los Goya. No sonó en esta ocasión la versión de ‘Verde’ de Lola Índigo, como sucedió en la fiesta del cine español, sino un cálido aplauso a Felipe VI en cuanto desfiló frente a las banderas que observaron el debate por el futuro de la región mediterránea. Ahora, todo estaba ordenado en una hilera de mesas dispuestas en forma elíptica -no redonda, como la de los caballeros de Arturo-. El monarca tomó su asiento presidencial y la sesión inaugural comenzó solemne. Armengol tomó la palabra, mención especial al poeta Federico García Lorca. «Describió el Mediterráneo como el mar divino de nuestra sangre y nuestra música», citó, antes de hacer explícita la atención «a la situación en Gaza» y la consolidación del alto el fuego en el Líbano».

La presidenta del Congreso lanzó seguidamente un dardo inyectado en la ‘malafollá granaína’, destino la Casa Blanca. «Las nuevas reglas unilaterales impuestas al comercio mundial por la nueva Administración estadounidense nos condicionan a todos. A la vez, Europa se enfrenta hoy a una crisis histórica, porque lo que está en riesgo es la estructura de seguridad que nos sostiene desde 1945. El orden mundial se ha resquebrajado y ahora mismo empujan con empeño corrientes que intentan diluir a la alianza de valores democráticos», expuso. Rollán, en cambio, puso el foco en la crisis migratoria. «No podemos permitir que este mar se convierta en el punto final de muchas vidas», esgrimió en su discurso.

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Fue la antesala de la conferencia inaugural del foro, a cargo de la comisaria para el Mediterráneo, Dubravkka Suica. Sus palabras pusieron a funcionar en las cabinas a los intérpretes encargados de la traducción al castellano, aunque no por Felipe VI. El Rey mantuvo su atención sin necesidad de colocarse los auriculares, serio el semblante, aunque sin contener la sonrisa en algún punto de la intervención de la parlamentaria croata. Tomó el testigo para finalizar, momento que Hubert Fuchs también aprovechó para sacar alguna foto más. El monarca clausuró la sesión con un guió a la Casa de los Tiros a modo de deseo: «El corazón mande».

Los asistentes se dispersaron hacia un cóctel en la intimidad y el Palacio, poco a poco, se fue vaciando, ante la expectación de decenas de personas que, curiosas, aguardaban fuera en busca de un momento real. No lo tuvieron, alejados por el perímetro de seguridad, pero aun en la distancia se esmeraron por manifestar su cariño a Felipe VI: «¡El Rey es la persona más grande de España!».

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